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El regreso

Se excitó mientras lazos blancos –tan blancos como el albo de un copo de nieve- rodeaban sus ingles, se sofocó en una esfera de cristal cálida, intervariable en colores infinitos…

Corre tantas veces puedas que no existe más el futuro ni el destino, no hay camino, no hay amor, no hay paz, no hay guerra, no existe una proa, no existe una popa, no hay banderas, no hay aire, no existe el hambre, no existe la tristeza…

Sólo un terreno sin límites, o tal sí tenga fronteras –pero ese no es motivo de preocupación- y en ese terreno existen sueños hechos flores, pasto, nubes, celaje, unidad.
Hay unidad porque se está dando cuenta que todo se está componiendo sistemáticamente de número, se está sumando, se está restando, se está viendo la aproximación de lo irreal a lo que era ¿qué era?

Su avanzar se detuvo y una sombra desenvolvió los lazos.

Vio una luz empañadora desde un precipicio.

Acabó.

Desolado espacio

Zakharías se cayó en plena mañana, un muy simpático saludo desde la cama lo animó a continuar respirando el fino piso de madera sin percatarse de la hora ni del extravío lugar.
Los movimientos de siempre al estar caminando lentamente por encima de las maderas de una sala muy amplia, dentro del cubo hecha cocina con aires blanquecinos, en una rectángula ducha rodeada por mayólicas perlas; la mirada de rencor e inapetencia, el amargo sabor de un día más.
¿Por qué la puerta se puso terca? Era claro que aquella no era una pregunta con esencia concreta, sin embargo fue la que se estuvo haciéndose más poderosa mientras iba por la ruta de siempre hasta llegar al trabajo; todo a causa que al salir de casa estuvo tres minutos intentando abrirla sin éxito, provocándole un humor intolerante para después reaccionar muy tosco y áspero frente a sus compañeros. No era justificable su descontrol, estaba retrocediendo.
Fue un día sumamente normal, exageradamente normal, el jefe fue indiferente mientras éste entregaba las planillas del mes para ser revisadas con un cuidado -fuera de su propia normalidad- por Alberth (acongojado debido a la muerte de su madre), el compañero más cercano a él, con sus moralizadoras palabras a cerca de nuevos proyectos que extremadamente eran inapropiados para el Zakharías de ahora. Es realmente agobiante ver demasiados papeles, leer y sentir cómo un ser sólo sirve para eso, dejar que mi alma hable en su lejana soledad mientras él era utilizado como robot de fábrica insertado con la tecnología más bizarra a la política burocrática que reinaba por las mañanas... era sin dudar esto. Estaba desesperado, se estaba ahogando más en sus pensamientos y venideras reflexiones desatinadas, en los dichos que lo distraían e imperfectamente hacían gala los resultados del mes como el empleado número 45256805, con nombre, apellido, edad, estado civil: sólo era eso. Se estaba acabando, estaban terminando los días en los que al menos podía jugarle una buena broma a Alberth o simplemente escapar hacia la morada cálida que le proporcionaba la suavidad de recordar momentos y extrañas circunstancias que lo pudo mantener en pie hasta ahora. Claro era, las manecillas del reloj iban muy rápido y ése, su único consuelo, pero luego retornar al espacio que vio dibujar sus huellas hacia un futuro desconocido… se estuvo percatando las variaciones imperfectas que algún día vienen como reflexiones existencialistas. Lo turbaba y eso –interiormente– sabía que no lo iba a llevar a nada bueno. Estaba deprimiéndose más, sin razones ni motivos para poder explicar a alguien las consecuencias de una decisión que nunca tuvo que tomar, seducido por el compadecer y la ternura (lo que muchas veces nos engañan sutilmente haciéndonos ver gorriones y no gallinazos).

Martes, veinticinco de octubre; se dirigió a la puerta de su oficina para retirarse mientras acaecía la oscuridad de la noche en pleno develar de vestidos azules turquesa, éste se percató de un silencio muy aterrador que poco a poco lo llenaba de soledad. Al salir no quiso retornar a casa, se sentía inseguro (paradójicamente, ya que estaba muy decidido a no regresar y arriesgar sus momentos de desasosiego). Ocho y cuarenta y cinco de la noche ¿en dónde se encontraba? Andaba taciturno, apagado, liado con las contradicciones farragosas que le venían en mayor cantidad cada momento. – ¿En dónde se encontraba? –singularmente con las manos escudriñando los restos de basura en los bolsillos– así que después de caminar sin orientación ni destino fijo, paró.
Había desembocado a un parque circular, donde las calles efluentes son pasajes sin salida. No se sentía sorprendido porque hace cinco años que no había vuelto allí debido a las circunstancias por las que tubo que sobrepasar, vio una banca a treinta y cinco pasos… sospechó de sí mismo, ya estaba en camino hasta que de un árbol –a su izquierda– salieron despavoridas unas palomas que se hicieron transparentes con el cielo opaco y de aspecto tenebroso; se detuvo. Ya se encontraba a gusto, sentado y aprovechando de la ocasión.
–Esther se encontrará muy preocupada. Se lo merece ¡ey! ¿Por qué piensas eso? –se percató, sus contradicciones personales brotaban muy rápidamente sin advertirse, formando una orquesta de caos dentro. Miró hacia arriba desorbitado, susurros a sus costados viraban por entre sus cabellos acompañados de dolores constantes a la altura del occipital, dolores intensificándose en sí como trombones. Al día siguiente se encontraba en una de las tantas camillas de un hospital.

Abrió los ojos lentamente, cortinas blancas cubriendo las ventanas rectangulares fue lo primero que observó y detrás una luz intermitente, dándole mayor tamaño a un árbol que tal vez se encontrase fuera de hasta donde podría llegar.
Esther entró, lo miró, dejó una maleta sobre una pequeña repisa de madera casi podrida y pintada de blanco, se alejó sin prestar atención a que éste ya había despertado. Otro instante de vacío.
Una enfermera de fisonomía robusta pasó por la puerta que conducía hasta el cuarto de tres camillas, las dos de la derecha vacías –sólo tuvo un ataque de ansiedad y como sus defensas no se encuentran estables, sufrió un tipo de convulsión… no me han explicado por qué llegó… a un estado parecido al coma –calló y los ojos se le fueron para el piso después de aquel susurro. Zakharías no pudo pronunciar algo al respecto ni mucho menos intentar hacer algún tipo de teoría, adormecido por sí mismo /se encontraba/ recostado en una cama de sábanas verde claras (algunas parchadas). Dio un par de vueltas, revisó algunos papeles y volvió del extremo derecho de la habitación.
–Tome estas pastillas para evitar nuevos desmayos, señor –la enfermera con la cara sudorosa le puso encima una caja de pastillas.
Nuevamente volteó y se dispersó entre la muchedumbre de la habitación contigua.
Zakharías pudo sentarse sin dificultad, no sabía qué hacer o adónde dirigirse. Llenó lo poco que le habían traído en la maleta, se adelantó al salir antes que la enfermera pudiese despedirse…

La confusión no era su método ahora, las cosas de alrededor lo necesitaban.

El día jueves regresando del trabajo decidió cambiar de ruta porque le pareció conveniente (misteriosamente era aquella voz), así que nadie le podía reprochar por lo de ahora, bajó del ciclópeo edificio plomo y pudo divisar cómo la niebla se apoderaba de las calles, y un cigarro podía animarlo a mantener la calma después de unas horas en las que tuvo que sentir cómo la sangre se le volvía gasolina y sistemáticamente sus neuronas transmutaban a chips nuevamente.
Desde hace dos años tuvo que ser guarecido bajo el techo de una prestigiosa empresa ya que el cargo conferido era substancial para sus necesidades, todo aceptó debido a que después de su regreso ya no encontraba un medio para satisfacer a las diferentes animas karmáticas que le pedían a gritos comodidad.
Ya era indomable el susurro que lo transportaba a las calles de Sincos y al los contornos de Sofía. Amaba, después de todo; cómo lucía la lóbrega atmósfera que lo rodeaba, lo encausaban con mayor razón a dar vueltas en manzanas por calles nuevas ya que antes no se atrevió caminar de tal forma, simplemente no le importaba si alguien lo seguía o divisaba de algún balcón, psicosis que fue dejando desde la muerte de Enrique Tol (y era claro que no deseaba encontrarle una relación de causa-efecto). No quiso medir cuánto demoraba en combatir contra las vueltas y las casas abandonadas que iban en aumento ¿extraño no? Sí, lo mismo fue mi parecer cuando escuché de sus labios tal frase.

Al dar la vuelta por tercera vez, desembocando hacia la calle Los zuranos, sintió un mareo leve, pero trató no darle mayor importancia y seguir caminando, se estaba acumulando de ansiedad, sus pasos pasaron a ser cortos y rápidos –…buscando amar. –se hizo la melodía de algún lado, lo que hizo cierta perturbación más reacia sobre su columna vertebral.
–… suena el mar y vienes a llamar –nuevamente la melodía se hizo, éste parado desde la esquina tuvo la intuición que tal sonido arrullador venía desde el medio de la cuadra.
Llegó, miró hacia la izquierda, observó una pequeña puerta semiabierta entre paredes de adobe pintadas de celeste claro. Su aprensión aumentaba y éste seguía quieto intentando recordar todas las veces que pudiese: correr en el espacio arenoso del tiempo, transitando sigiloso como zorro en cacería.
Invariablemente se asomó al umbral de la puerta de madera divisó un pasadizo muy antiguo, con el típico olor a madera humedecida, la voz que lo motivó se alejaba, sin embargo la mesura acometía abiertamente acompañada de las aventuras terroríficas del pasado. Una mujer de masa corporal muy exagerada se asomó por la derecha del fondo.
– ¿Joven, busca algo? –Con las mirada desconfiada e irrespetuosa en tono alto.
–No, disculpe...
Vaciló por dentro ¿por qué había pedido disculpas? Al instante se detuvo a pesar del aviso previo a su percepción futura, entonces ésta se apuró y avanzó a través del callejón, cerrando la puerta de madera podrida. Zakharías quedo afuera con cierto aspecto plomizo debajo de los pocos cabellos que le cubrían la frente.
La decisión fue tomada por su moral de niño educado y circunspecto, aquel que siempre ocultaba los ojos cuando se enfrentaba a las reuniones familiares.
Continuó acompañado de una ingente nube de preguntas y reflexiones, a la edad en la que tomaba muchas decisiones en casa y el trabajo… era absurdo en sí sólo para sus normas de normalidad, no pudo entrar para poder satisfacer su curiosidad y ver quién era la persona que emitía dicha melodía; en la imaginación escuchó un llamado y su nombre bien vocalizado, un golpe en el viento sintió llegarle a la frente – ¿soy el único Zakharías? –eso era muy cierto y luego hasta absurdo creer que lo llamaban, sólo era perder el tiempo tan sólo cuando la soledad agotaba su psicosis para convertirla en chocolate del descontrol.
Ante esto pudo recordar la voz de Sahara, aquellos días cuando tuvo que escapar de Sincos, abandonando con sumo dolor el calor de ella. “No pude regresar porque siempre suelo ser cobarde y los límites de las normas vetan mi imprudente insurrección estúpida”.

Estaba parado frente a su casa, las manos en los bolsillos le sudaban nuevamente porque las llaves las veía insubstancialmente en el velador negro del dormitorio, tocó como si estuviera en un teatro, nadie abrió, su pesar lo llevó a reír con la mano en la frente.
Se abrió.
–Para variar, el señor se olvidó las llaves.
Esther salió con la mirada regañadora y Zakharías contando cuántas piedritas habían llegado hasta el umbral de la puerta.
–Ya no volverá a pasar –con una timidez muy cierta tanto la saliva iba y venía.
Esther se dio la vuelta con rigidez, mostrando su figura muy contorneada cubierta por aquel rojizo cabello rizado sujeto a las corrientes del viento, a lo que éste pudo darle las buenas tardes, ella indiferente se dirigió por las escaleras plata hacia arriba sin pronunciar más palabras, quedándose solo nuevamente al medio de la sala Zakharías sintió remordimiento, frustración, opresión, ira.
Cinco años para llegar a esto, era la frase que le circundaba por la cabeza; prendió el equipo de sonido para levantar los ánimos lóbregos que acotaban el espacio de las habitaciones.
Durante la hora del lonche, Zakharías estaba sentado frente a Sahara en una mesa de vidrio de forma circular, al primer sorbido de éste Sahara lo miró fijamente.
–Así, pienso que mi próxima labor será trabajar en un manicomio –seria, con la mirada fija en los hombros de Zakharías.
–Pero… es cierto y quizás la curiosidad me invadió demasiado, vamos Esther, tú sabes que no suelo venir por esa calle.
Sabía que no podía mencionar con quién relacionó la voz porque la última noche en Sincos mientras los perros aullaban sobre los techos de don Máximo, Zakharías prometió no contar a nadie el maleficio que nunca quiso aceptar dado, atravesando esos días, en donde sus parámetros eran: despertar, ir a trabajar, llegar, ver las noticias en una caja multicolor, comer, leer, dormir y los acontecimientos similares (como ritual diario). Lo irracional no podía caber en sus pensamientos ya que las manos le palpaban al regocijo hecho mujer, piel suave y aroma dulce durante las noches de luna en cuarto menguante.
Sus sueños se llenaban de sangre, de dolor, gemidos; durante varios días amanecía pensando que todo había sido cierto.

Se repitió la escena del lonche, ambos mirándose fijamente.
Volvió a entregarse al pensar, en todos esos momentos mientras pendía el collar con forma de sol y una piedra azul al centro que escapó de una de las aberturas de la camisa verde puesta.
Esther abrió los ojos con exasperación. –Señor del país del Nunca Jamás ¿puede regresar y decirme cuándo firmará el divorcio?
–Mañana... tal vez... –con la mirada perdida entre la pared y las sombras que se desvanecían mientras la luz artificial tomaba posesión de los cubos.
Enfurecida, calló y guiando pisotones se retiró.

Tenía los zapatos con demasiado polvo, no le quedó más que salir presuroso, regresar a esa calle, en plena noche, cuando los días cobraban más densidad sobre su espalda y sentía que la costumbre se había hecho embustera con ayuda del tiempo y las palabras. “Todo este tiempo ¿de dónde pude sacar valor para aguantarla? Desde el irrevocablemente reloj no paré en repetir el nombre de Sahara, ese pequeño mundo se me hacía en averno, realmente la cruz es pesada, pero la mía es pesada y espinosa como la lengua de la víbora que reluce cuando ve mi silencio.”

Corría, habían pasado tres semanas después la melodía arrulladora, aunque para Zakharías le fue confuso distanciar la primera vez con las demás junto a los recuerdos dentro de la casa. Se le iban y perdían cosas que le habían sido necesarias… corría, sudaba sin importarle secarse o ver cómo se le iban humedeciendo las prendas. Corría y le faltaba poco, estaba emocionado, el corazón le sacudía hasta los rincones de sus rodillas, corría ya sin medir la prisa porque sintió volver a ver sobre una ligereza casi absoluta.

Una luz se hizo azul entre los tantos postes dando lumbre a las calles, en seguida e inexplicablemente las demás iban haciéndose entre celestes y blancas lo que impidieron a él ver la trayectoria final por la que pensaba ser la correcta, tambaleando por el cambio de luces, se extrañó más cuando quedó todo en oscuridad e imaginó repentinamente en algo fantástico, fue en ese instante por los que no existía medida de velocidad ni tiempo y se deshizo al oír muy de cerca a un hombre enjuto con un sobretodo marrón mascullando: cuando no, los apagones, pero ya volverá, ya volverá, y cuando vuelva la luz a esta calle, yo volveré a abrir una gran tienda de fluorescentes; sonó como una maldición conjurada para él. Un mareo sorpresivo lo tumbó otra vez, reposándolo contra la pared de adobe para desparramarse lentamente a la vera de los contornos de la angosta vereda.
Abrió los ojos lentamente, virando alrededor ahora hechas en luces amarillas los faroles destellaban, las personas que iban pasando lo veían con desprecio como a un borracho escapando de cualquier cantina barata; pudo arrodillarse, se paró lentamente sacudiendo el pantalón y la camisa emblanquecida por la pintura blanca.
Estaba otra vez de pie, amordazado a un silencio tenaz que aun alguien le pueda reprochar de lo que estaba haciendo, las incoherencias desbordantes, era inútil... simplemente iba a entrar a aquel pasadizo, romper todo lo que muchas veces sujetó sus deseos más atrevidos.
Corrió –o eso pensó- cuando la velocidad hizo su verdadero trabajo, puso sus piernas ligeras como guepardo abalanzándose hacia su presa (destino).
“¡Detente!”, sonó muy fuerte al extremo que Zakharías empalideció como si una roca hubiese caído, una voz rodeada de ecos, imperativa y sumamente gruesa. Un hombre fornido, alto llevando un traje extravagante: dos cinturones negros alrededor de su cintura, un pantalón de tocuyo y un saco negro con apuntes brillantes; pudo mirarlo firmemente y colocó (rápidamente) sus grandes manos sobre sus hombros, estaba ignorando a la confusión, quería que su mente cesé de preguntarse los porqué, el cómo: simplemente deseaba satisfacer sus curiosidad, cuando ya estaba adentro, dentro de acontecimientos sumamente extraños, a los que nunca pensó pertenecer, su rutinaria vida a cierto tiempo cortó las raíces de su imaginación, tuvo que tomar en cuenta otras prioridades y la dejó ir, imperceptiblemente, lo que ahora gozaba. Una diversión, un juego de niños inmersos en espacios totalmente lógicos (a lo que es muy imperfecto especificar), el dolor se incrementaba sobre él, entonces recordó el dicho que su abuelo repetía muchas veces: “No luches en contra de la tierra, sé parte de ella; no luches en contra de la lluvia, sé como ella.” Desvanecido en su fortaleza, sonrió, luego pudo ver que aquel hombre muy alto disminuía, se hacía pequeño con simplemente verlo a los ojos, compungido éste que no le quedó más, retroceder y avanzar para formar parte del umbral de madera del extenso pasadizo.
– ¡Ropertules! –Zakharías reaccionó y como hurón escapó de entre sus manos.
–Aún me recuerdas… eso me parece más sencillo, ya que ahora veo en tu mirada al que conocí y pude sacarle sus miedos, pero veo que fue en vano para tenerte ahora así.
La mente de Zakharías iba y venía, estaba fuera de sí, preguntándose de sus desconciertos y la otra había retornado con furia, sus venas palpitaban, encorvado y sudoroso se estaba poniendo pálido a medida desaparecían las reflexiones.
– ¡Tranquilízate! –la voz retumbó el callejón, el hombre gigante se abalanzó sobre Zakharías y emprendió un golpe a su mejilla izquierda que lo dejó tirado nuevamente.
Era sangre lo que dejaba, un reguero cálido sobre sus labios, goteaba a tocar levemente la tierra…
–Creo que tu impotencia creó algo más sorprendente de lo que creí –una voz calmada se aproximaba del fondo.
Se cerró una puerta, pasos escuchó transitar por sus costados –Sahara… Sahara, dame tu mano y deja a tu padre aquí.
Zakharías se estaba alistando para salir cuando los eucaliptos secos sonaron de la ventana derecha, volteó a mirar sigilosamente, un cuervo estaba reposado y de pronto se encontraba en llamas, toda su pequeña habitación estaba siendo apoderada por el humo… Sahara ¡estás aquí!

Despertó al medio de un patio hexagonal rodeado por dos niveles de habitaciones tétricas, oscuras y sin puertas; levantó la mirada para poder girar lo más rápido que podía sintiendo a cada momento algo tocarle la espalda. Miró el primer nivel y vio más pasadizos, de uno de ellos salía un anciano acompañado de otra figura más alta y ancha.
–Santiago, el pobre Santiago que intentó no cumplir con las reglas que el oráculo le encomendó… qué estúpido eres al haberte ido.
Quiso recordar, buscar entre todos sus recuerdos su aquel rostro le podía ser familiar o por qué le causaba esa sensación de terror al verlo.
Era un patio desolado por la oscuridad en tonalidades verdes y azules, las grises nubes cargadas cubrían a un cielo luminoso.
– ¿No vas a pronunciar nada? O acaso ya te has dado cuenta para qué estamos aquí.
–Quiero ver a Sahara…
–Ya es imposible para nosotros, tú la mataste –respondió el anciano con una pequeña mueca de sarcasmo.
–Los mismos inventos siempre los hiciste para hacer un laberinto a todo esto, anciano necio. –Zakharías ya estaba hecho en sí y más cuando escuchó la respuesta, sus oídos se cerraron.
Las nubes se envolvían unas en otras, crepitando desde arriba hasta desde los demás doce salidas que rodaban al patio hexagonal.
– ¡Oh! ya veo… así que Ropertules hizo un buen trabajo, pues lo mismo le dije hace seis años y mira lo que tenemos delante de nosotros –girando su rostro hacia su acompañante.
– ¿Por qué dices que yo la maté? –cortó la sonrisa del anciano, cuando gritó éste.
–Es probable que todo lo que deparaba no se cumplió como debía, pero se tenía que hacer de nuestra parte, ahora tú, tú tienes que seguir en la cadena.
El anciano desenvolvió la cadena que llevaba como cinturón y la tiró al piso.
–Tu nombre está ahí.
Una pequeña llovizna se iniciaba, parecían gotas de agua de los menos densos que existiesen, todo había quedado en silencio, todo había quedado resuelto en la mente de Zakharías. Arreciaba el agua mientras se miraban con presteza –sólo quiero saber adónde se fue –dijo y calló para ceder una respuesta inmediata.
–Tú la tienes, está contigo, siempre estuvo contigo ¡te la llevaste!
–Viejo farsante, no me vengas con estupideces –mientras se abalanzaba contra el anciano.
Se encontraba anegado por dentro e impotente; su camisa mojada, sucia y maltrecha.
– ¡Deinceps! –el anciano pronunció, seguido del hombre de su izquierda.
–Uspiam –con la voz gruesa que este manejaba.
–Usted, señor Santiago será el manjar para nuestros perros…

Ahogó unos gemidos a lo largo de aquel espacio que se hacía desolado cada vez más e inmenso bajo el aguacero, ecos retornaron desde todos callejones desembocando al patio hexagonal.
Los vientos soplaban en armonía y acelero constante.
El pedazo de trapo plomizo que llevaba el anciano iba ondulante, sus ojos se abrieron desesperantes porque en aquel sitio se mezclaba la ahora lluvia, vientos en muchas direcciones y los ecos que hacían un caos.
–Ropertules, trae a Diz y Kuz y encárgales asesinar al hijo de Enrique Tol –agitado casi al extremo de los balcones que formaban el segundo nivel el gigante le respondió.
Al medio, Zakharías perdía sus sentidos, se retorcía durante los empujones que iban desde su estómago hasta sus piernas, hecho en barro sus mejillas se cortaban por el ventarrón arrasador.
El robusto hombre se adentró en el callejón más cercano, su figura desapareció en la oscuridad de sus pasos; no pasaron tantos segundos cuando el anciano pudo verlo de retorno con dos hombres encapuchado y vestidos de negro, parecían espectros ocultos en su propia sombra. Anciano y cansino, era su naturalidad, desbordó al encomendarles algo a estos dos y enseguida se esfumaron como empujados por los vientos.

–Se está yendo el dolor o simplemente estoy dejando mi existencia, –Zakharías denunciaba a su mente –pues ahora entiendo por qué me engañé estos cinco años…
Estaba más frágil y ágil, estaba demasiado suave como para sentirme superior, no lo necesitaba, sólo estaba en paz.
El patio hexagonal había adoptado la oscuridad negra, hacia la derecha, las tres paredes lucían azules por las nubes que anteponían el brillo opaco de la luna en cuarto menguante; a la derecha, las otras tres paredes no existían, habían sido devoradas por el vacío y al verlas así, simplemente parecía un espacio negro, sin límites ni formas.

La lluvia cesó, quedó en barro todo el patio, el azul se tornaba en verde claro.

Tuvo que avanzar porque dejaba hacer lo que su corazón hacía concientemente, avanzó y la voz comenzó a sonar como un aullido que se aproxima de un lugar lejano.
–No sabía más desde que te vi y pude saber que eras tú –pronunció Zakharías, sin percatarse de lo que realmente decía, creía que había abandonado completamente el puente que une el cuerpo de la mente.
“Tan sólo suena el mar y vienes a llamar como paloma buscando amar”
Era la bella melodía que se producía mientras más el sonido se intensificaba cálido, provocando esperanza, ternura y devoción.
–Sahara... – Zakharías retumbó por dentro, los huesos se le quebraron y todo se fue al vacío inexplicable de las tres paredes.

El retroceso después de la tarde

Muchas veces habré visto pasar a aquel carro blanco con su sector plomo a la altura de las llantas, sí, habrá pasado muchas veces por delante de mí y yo no supe reaccionar para al menos extender mi regocijo hasta las palmas de sus manos. Ahora la indeferencia se ha hecho más agresiva dejando de lado a aquella especie de obsesión en torno a los caminos desde aquel invierno más frío que alguna vez viví, la llovizna y la neblina eran la compañía.

Estos días gozo de cierto sosiego, ya no busco a aquel carro ni espero encontrarlo por una casualidad esperada. Con los días estoy dejando de lado los recuerdos que celosamente alguna vez estuve dentro de éste y anduve manteniendo el silencio como cadena en los tobillos preguntándome cuánta exactitud podría existir entre lo real y lo que muchas veces percibía (en los estados de desequilibrio que nos conlleva el férreo sentimiento).

Al acercarme a cualquier tipo de calendario noto con angustia, acumulándose entre mis dedos, que estamos parados sobre el último mes del año y mi percepción del mundo se hace caótica ya sea por las consuetudinarias compras navideñas o los encuentros pasajeros y, sobre todo, el saludo a los inmanentes familiares. Ya es de noche, sin embargo, me siento activo a pesar de haber tenido un día muy largo recorriendo los ojos de tantas personas. Pocas son las personas que transitan a tal extremo que me siento inmerso como en una película de terror en donde sólo se ven dos destellos asomándose desde la oscuridad y se puede distinguir cómo la noche cambia la efímera esencia de los humanos… aunque creo que puedo estar exagerando, pero así lo siento, como las calles susurran entre sí, sería perfecto escuchar un réquiem provenir de algún sombrío lugar. Pocos son los carros que a estas horas me lleven de regreso a casa y no me queda nada más que seguir esperando, avanzando y observando las zapatillas blancas que llevo. Un carro se estaciona delante de mí, cuando estaba por cruzar la vereda, un carro plomo con su sector blanco a la altura de las llantas, claro, el color me sorprende, he quedado perplejo al ver a quien lo conduce, la voz que emerge detiene las circunstancias y a partir de ese instante comencé a intuir que la noche estaba por aclarase, sentí cómo la Luna brillaba más, salían estrellas entre las nubes e imprevistamente el trabajo de los colores opacos se alborotaban debajo de la neblina tenue asomándose desde arriba.

Otra vez, estaba adentro, no era lo mismo, me sentía extraño; el sonido de quien conducía comenzó a cambiar, lo que provocó que se me estremecieran hasta los vellos… pasaban los segundos, los minutos, las horas; dos horas tal vez y llegamos al distrito que tanto añoraba, no asimilaba lo que acaecía en cualquier parte de este mundo o en mi dormitorio, no quería que alguien venga y me dé un pellizcón para saber si estaba despierto o dormido de aquella liviandad liberalista... hasta ahora sonrío al recordarlo con gratitud y una nostalgia que se esconde detrás de su nuca.

El espacio no se extendió ni se comprimió porque cabía de igual modo entre su hombro y el mío, entre sus piernas y las mías, entre su mano derecha y mi mano izquierda.

Su piel se volvió cálida cuando mi espíritu expresaba las revueltas por las que pasé e incansablemente los ojos se me hacían más pesados cada vez que sus labios se extendían y formaban aquella sonrisa conteniendo una inmensa ternura; no nos importaba más, escuchaba las sinfonías que iba componiendo contra los intolerables pasaje de una vida llena de gritos, rupturas, desenvolvimientos, canciones, obstáculos y vacíos finitos.

La forma de lo que tal vez parecía perceptible se hacía endeble como las cuerdas que nos alejaban cuando voy escribiendo esto. Un azul oscuro derramaba el sosiego que nos llevó a evaporar nuestras mentes sobre las almohadas blancas, las sábanas celestes y nuestros cuerpos refulgentes.
Se escucharon unos chasquidos dados a la puerta que da hacia la calle, otrora la agudeza del sonido se infiltró por las sendas de nuestro conjugado vaho, enseguida desperté cuando me apretaban las costillas por dentro, pero el dueño del carro dormitaba con las manos extendidas hacia mi pecho, pasaron unos veinte minutos y se escuchó un chasquido mucho más fuerte que los dos nos levantamos para salir de la hesitación, el temor me embargó fácilmente como la vicisitud por la que él pasaba entre los estados meramente alterados, no importaba si estábamos en ropa interior, él abrió la puerta de la mampara de vidrio polarizado que da hacia el patio, intempestivamente abrieron la otra puerta con un fuerte golpe, repentinamente de entre la oscuridad intensa, salieron dos sombras encapuchadas y nosotros atónitos delante del carro blanco con su sector plomo, me llamó más la atención ver el color del carro que de hacer algo contra los encapuchados; él tomó una pequeña silla de madera que se ubicaba a la derecha del patio, presuroso se abalanzó contra los dos bárbaros, yo seguía observando los detalles del carro blanco con su sector plomo, sabía que el sueño aún rondaba por mis oídos, entonces fue cuando escuché que él gritaba que me escondiese e intente pedir ayuda a alguien o llame a los de la supuesta ayuda inmediata, el vértigo provocaba movimientos torpes en mis piernas hasta llegar al teléfono, los gritos se zambullían a mis espaldas y salían como airosos insultos, en ese instante escuché un sonido chocante que resquebrajó más mis huesos, un disparo, los latidos ya eran inconstantes como el ritmo que volcaba mis nervios sobre la adrenalina, volteé y así crucé con las pupilas de aquellas sombras que se hacían materia, me observaron con trémula devoción y huyeron. Estaba quieto, quiero negarlo, negar absolutamente que acaba de suceder ¡no! Es irreversible. Me acerqué para ver cómo se agitaba más con la mano derecha ensangrentada sobre el abdomen, el coraje danzaba con la desesperación y el amor, luego me acerqué a su rostro y su boca que me exclamaba dejarlo, parecía que me arrellanaba en el mar de sangre con aquellas tres anclas danzantes, enseguida hice el ademán de cargarlo, lo puse a mi lado, dentro del carro plomo con su sector blanco; conduje y no sabía hacía dónde dirigirme, la duda me hizo presa fácil más al ver su rostro cansado y sudoroso; encontré mi reloj negro que se me había perdido hace tres semanas en el colegio, ciertamente no quería salir de aquellos hechos irreales, pues los momentos y circunstancias comenzaban a conjugarse, lo que el producto era un mundo más extraordinario de lo que muchas veces había podido caber en mi imaginación. Se levantó la puerta y retrocedí para salir, sus preguntas por mis actos tomaban más peso, sin embargo, las ignoré. La velocidad retornó con el devenir de las agujas del reloj, la arena que caracteriza la zona se apartaba del próximo camino que se trazaba en el mapa de mis ojos, fue en ese preciso instante cuando quise abrazarlo con más pasión porque suavemente y cansinamente pronunció mi nombre.
“Aquella vez que no pude ir... cuando más sabía que me necesitabas, cumplías diecisiete años y yo pude haber sido el mejor regalo que te podrías haber hecho... pero llegué tarde... y tú estabas llorando, no te lo dije, pero en ese instante quise decirte que tus lágrimas se hacían en un calvario para mí... y tal vez esa compasión mezclada con el querer que siento por ti... me hicieron retirarme de tu alcoba sin decirte que te había extrañado y deseaba tenerte más tiempo.”

Detuve el carro, en el vaivén de la madrugada. Sentí la utilidad de la vida, la necesidad vital por la que él hizo que esté ahí: la necesidad de la poesía precisamente.

Eran las cinco de la mañana porque irremediablemente el viejo hábito de tener al lado un reloj siempre asecha mi estabilidad, me tomó por sorpresa ver que el cielo seguía oscuro, estaba empapado de sudor y seguía sin saber hacia dónde me dirigía hasta que en cierto momento me percaté que ya salía del distrito añorado; encontré una línea roja de una de las repisas del carro plomo con su sector blanco, una línea de donde salían sonidos muy leves, me asomé y escuché la voz de mi hermana menor repitiendo un antiguo canto que evocaban recuerdos precisos cuando llegué por primera vez allí. Él ya no podía vocalizar muy bien, pero sus mensajes los sentía en el pecho, comencé a tararear la melodía y después el canto, lo que me satisfizo fue observar cómo me dio una pequeña sonrisa.

Casi todos sabemos que el silencio es muy aterrador, como un espectro que nos va quitando poco a poco las virtudes obtenidas con el tiempo, la dureza toma posesión de una parte ínfima en nuestra garganta y somos fácilmente llevados al averno blanco.

Mascullaba su nombre una y otra vez, me sentía reconfortado de estar dentro del carro blanco con su sector plomo, y devastado a al verlo cada vez más quieto. Su voz esbozó una calidez que pudo llenarme de muchas cosas que hasta ahora no podría explicar, de sentir que lo que nos unía ya no iba a retornar, comencé a imaginar incoherencias de cómo revivirlo o llevarlo para siempre hasta que alguien me diga que está vivo y no fue nada grave o una simple heridita. Continué al volante, observé la representación del tiempo, eran las dos y media de la mañana, vacilé y comprendí que el reloj que llevaba estaba roto; el cielo se tornaba más oscuro y las estrellas adoptaban una luminosidad extrañada. Una sed imprevista me hizo detener el carro blanco con su sector plomo, estábamos algo alejados de la ciudad, alrededor se podían distinguir algunas casas con luces prendidas, bebí de la botella de agua que él no había terminado, él seguía recostado hacia mi derecha con la vista hacia la izquierda y los ojos ya cerrados, parecía que sólo dormía e iba a despertar en cualquier momento, me apenaba verlo así porque el escalofrío incesante estaba al asecho, sin embargo, todavía quedaba ese sentimiento que me unió a él cuando estuve a punto de convertirme en vacío, volví a la marcha por aquel sendero que ahora intento buscarlo en los mapas de papel y aquel dibujado en nuestros ojos, pero no lo encuentro al igual que el nombre que llevaba: Av. Gral. Ulrike Razumov. El cielo se hacía más claro y anaranjado, me extrañaba ver el crepúsculo al este, los arreboles dejaron la vestimenta azulesca e hicieron gala de su excelsitud, iba con dirección al norte aun anticipaba la pesadez de los ojos y la debilidad que nacía en alguna parte de mi cuerpo que nuevamente se deslizaba por mis brazos y piernas, empecé a detenerme más seguido y sin intención volvía a observar su rostro y el reloj que llevaba puesto, que marcaba las seis y cuarenta y cinco, el calor me sofocó más en un espacio de silencio absoluto, sí, ya ni existía el sonido de la fricción de las llantas y la pista, me quedé pensando: hacia dónde estaré yendo sin antes ver como primera opción un hospital o algo a fin, voy con pesadez y amargura (cosa que es extremadamente ilógico, incoherente o como quieran llamarlo, pero después de terminar este relato lo comprendí).
Me lagrimeaban los ojos con la luz suave penetrando por las partes vacías del carro plomo con su sector blanco.

Los brazos se me cayeron y de repente un chillido se aproximaba, extendí los brazos y la ignición de la desesperanza y el abandono me llevaron sigilosamente por un marco dorado, atravesé un campo negro, muy negro, desolado como el cuerpo lo sentía así, me alejaba de la razón.

Tres voces escuché y unos dedos me rozaron la zona de la ingle, el frío cruel los alejó, se fueron y creo que entre una de ellas estaba susurrando el nombre de quien llevaba a morir.

Una mano tibia me rozaba el rostro, pronunciaba mi nombre, la voz me era muy familiar, sentía frío y, entreabriendo los ojos, lo vi, estaba recostado dentro del carro blanco con sector plomo, él me dijo: estuviste dormido casi toda la tarde. Con su hermosa sonrisa, esa sonrisa que me gusta verla todas las tardes y cuando vamos a dormir, hasta ese instante no comprendía nada, estaba lloviznando y una neblina tenue decoraba grácilmente el exterior. Luego fuimos hacia el distrito que añoraba, fue al momento de cerrar la puerta del carro me percaté que donde estaba sentado él, habían manchas de sangre, reaccioné, el reloj lo tenía totalmente destrozado, él me observó preocupado y sarcástico, yo con una sonrisa confundida me acerqué a él y lo abracé como nunca antes lo había hecho, deleitándome con su aroma.

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