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El retroceso después de la tarde

Muchas veces habré visto pasar a aquel carro blanco con su sector plomo a la altura de las llantas, sí, habrá pasado muchas veces por delante de mí y yo no supe reaccionar para al menos extender mi regocijo hasta las palmas de sus manos. Ahora la indeferencia se ha hecho más agresiva dejando de lado a aquella especie de obsesión en torno a los caminos desde aquel invierno más frío que alguna vez viví, la llovizna y la neblina eran la compañía.

Estos días gozo de cierto sosiego, ya no busco a aquel carro ni espero encontrarlo por una casualidad esperada. Con los días estoy dejando de lado los recuerdos que celosamente alguna vez estuve dentro de éste y anduve manteniendo el silencio como cadena en los tobillos preguntándome cuánta exactitud podría existir entre lo real y lo que muchas veces percibía (en los estados de desequilibrio que nos conlleva el férreo sentimiento).

Al acercarme a cualquier tipo de calendario noto con angustia, acumulándose entre mis dedos, que estamos parados sobre el último mes del año y mi percepción del mundo se hace caótica ya sea por las consuetudinarias compras navideñas o los encuentros pasajeros y, sobre todo, el saludo a los inmanentes familiares. Ya es de noche, sin embargo, me siento activo a pesar de haber tenido un día muy largo recorriendo los ojos de tantas personas. Pocas son las personas que transitan a tal extremo que me siento inmerso como en una película de terror en donde sólo se ven dos destellos asomándose desde la oscuridad y se puede distinguir cómo la noche cambia la efímera esencia de los humanos… aunque creo que puedo estar exagerando, pero así lo siento, como las calles susurran entre sí, sería perfecto escuchar un réquiem provenir de algún sombrío lugar. Pocos son los carros que a estas horas me lleven de regreso a casa y no me queda nada más que seguir esperando, avanzando y observando las zapatillas blancas que llevo. Un carro se estaciona delante de mí, cuando estaba por cruzar la vereda, un carro plomo con su sector blanco a la altura de las llantas, claro, el color me sorprende, he quedado perplejo al ver a quien lo conduce, la voz que emerge detiene las circunstancias y a partir de ese instante comencé a intuir que la noche estaba por aclarase, sentí cómo la Luna brillaba más, salían estrellas entre las nubes e imprevistamente el trabajo de los colores opacos se alborotaban debajo de la neblina tenue asomándose desde arriba.

Otra vez, estaba adentro, no era lo mismo, me sentía extraño; el sonido de quien conducía comenzó a cambiar, lo que provocó que se me estremecieran hasta los vellos… pasaban los segundos, los minutos, las horas; dos horas tal vez y llegamos al distrito que tanto añoraba, no asimilaba lo que acaecía en cualquier parte de este mundo o en mi dormitorio, no quería que alguien venga y me dé un pellizcón para saber si estaba despierto o dormido de aquella liviandad liberalista... hasta ahora sonrío al recordarlo con gratitud y una nostalgia que se esconde detrás de su nuca.

El espacio no se extendió ni se comprimió porque cabía de igual modo entre su hombro y el mío, entre sus piernas y las mías, entre su mano derecha y mi mano izquierda.

Su piel se volvió cálida cuando mi espíritu expresaba las revueltas por las que pasé e incansablemente los ojos se me hacían más pesados cada vez que sus labios se extendían y formaban aquella sonrisa conteniendo una inmensa ternura; no nos importaba más, escuchaba las sinfonías que iba componiendo contra los intolerables pasaje de una vida llena de gritos, rupturas, desenvolvimientos, canciones, obstáculos y vacíos finitos.

La forma de lo que tal vez parecía perceptible se hacía endeble como las cuerdas que nos alejaban cuando voy escribiendo esto. Un azul oscuro derramaba el sosiego que nos llevó a evaporar nuestras mentes sobre las almohadas blancas, las sábanas celestes y nuestros cuerpos refulgentes.
Se escucharon unos chasquidos dados a la puerta que da hacia la calle, otrora la agudeza del sonido se infiltró por las sendas de nuestro conjugado vaho, enseguida desperté cuando me apretaban las costillas por dentro, pero el dueño del carro dormitaba con las manos extendidas hacia mi pecho, pasaron unos veinte minutos y se escuchó un chasquido mucho más fuerte que los dos nos levantamos para salir de la hesitación, el temor me embargó fácilmente como la vicisitud por la que él pasaba entre los estados meramente alterados, no importaba si estábamos en ropa interior, él abrió la puerta de la mampara de vidrio polarizado que da hacia el patio, intempestivamente abrieron la otra puerta con un fuerte golpe, repentinamente de entre la oscuridad intensa, salieron dos sombras encapuchadas y nosotros atónitos delante del carro blanco con su sector plomo, me llamó más la atención ver el color del carro que de hacer algo contra los encapuchados; él tomó una pequeña silla de madera que se ubicaba a la derecha del patio, presuroso se abalanzó contra los dos bárbaros, yo seguía observando los detalles del carro blanco con su sector plomo, sabía que el sueño aún rondaba por mis oídos, entonces fue cuando escuché que él gritaba que me escondiese e intente pedir ayuda a alguien o llame a los de la supuesta ayuda inmediata, el vértigo provocaba movimientos torpes en mis piernas hasta llegar al teléfono, los gritos se zambullían a mis espaldas y salían como airosos insultos, en ese instante escuché un sonido chocante que resquebrajó más mis huesos, un disparo, los latidos ya eran inconstantes como el ritmo que volcaba mis nervios sobre la adrenalina, volteé y así crucé con las pupilas de aquellas sombras que se hacían materia, me observaron con trémula devoción y huyeron. Estaba quieto, quiero negarlo, negar absolutamente que acaba de suceder ¡no! Es irreversible. Me acerqué para ver cómo se agitaba más con la mano derecha ensangrentada sobre el abdomen, el coraje danzaba con la desesperación y el amor, luego me acerqué a su rostro y su boca que me exclamaba dejarlo, parecía que me arrellanaba en el mar de sangre con aquellas tres anclas danzantes, enseguida hice el ademán de cargarlo, lo puse a mi lado, dentro del carro plomo con su sector blanco; conduje y no sabía hacía dónde dirigirme, la duda me hizo presa fácil más al ver su rostro cansado y sudoroso; encontré mi reloj negro que se me había perdido hace tres semanas en el colegio, ciertamente no quería salir de aquellos hechos irreales, pues los momentos y circunstancias comenzaban a conjugarse, lo que el producto era un mundo más extraordinario de lo que muchas veces había podido caber en mi imaginación. Se levantó la puerta y retrocedí para salir, sus preguntas por mis actos tomaban más peso, sin embargo, las ignoré. La velocidad retornó con el devenir de las agujas del reloj, la arena que caracteriza la zona se apartaba del próximo camino que se trazaba en el mapa de mis ojos, fue en ese preciso instante cuando quise abrazarlo con más pasión porque suavemente y cansinamente pronunció mi nombre.
“Aquella vez que no pude ir... cuando más sabía que me necesitabas, cumplías diecisiete años y yo pude haber sido el mejor regalo que te podrías haber hecho... pero llegué tarde... y tú estabas llorando, no te lo dije, pero en ese instante quise decirte que tus lágrimas se hacían en un calvario para mí... y tal vez esa compasión mezclada con el querer que siento por ti... me hicieron retirarme de tu alcoba sin decirte que te había extrañado y deseaba tenerte más tiempo.”

Detuve el carro, en el vaivén de la madrugada. Sentí la utilidad de la vida, la necesidad vital por la que él hizo que esté ahí: la necesidad de la poesía precisamente.

Eran las cinco de la mañana porque irremediablemente el viejo hábito de tener al lado un reloj siempre asecha mi estabilidad, me tomó por sorpresa ver que el cielo seguía oscuro, estaba empapado de sudor y seguía sin saber hacia dónde me dirigía hasta que en cierto momento me percaté que ya salía del distrito añorado; encontré una línea roja de una de las repisas del carro plomo con su sector blanco, una línea de donde salían sonidos muy leves, me asomé y escuché la voz de mi hermana menor repitiendo un antiguo canto que evocaban recuerdos precisos cuando llegué por primera vez allí. Él ya no podía vocalizar muy bien, pero sus mensajes los sentía en el pecho, comencé a tararear la melodía y después el canto, lo que me satisfizo fue observar cómo me dio una pequeña sonrisa.

Casi todos sabemos que el silencio es muy aterrador, como un espectro que nos va quitando poco a poco las virtudes obtenidas con el tiempo, la dureza toma posesión de una parte ínfima en nuestra garganta y somos fácilmente llevados al averno blanco.

Mascullaba su nombre una y otra vez, me sentía reconfortado de estar dentro del carro blanco con su sector plomo, y devastado a al verlo cada vez más quieto. Su voz esbozó una calidez que pudo llenarme de muchas cosas que hasta ahora no podría explicar, de sentir que lo que nos unía ya no iba a retornar, comencé a imaginar incoherencias de cómo revivirlo o llevarlo para siempre hasta que alguien me diga que está vivo y no fue nada grave o una simple heridita. Continué al volante, observé la representación del tiempo, eran las dos y media de la mañana, vacilé y comprendí que el reloj que llevaba estaba roto; el cielo se tornaba más oscuro y las estrellas adoptaban una luminosidad extrañada. Una sed imprevista me hizo detener el carro blanco con su sector plomo, estábamos algo alejados de la ciudad, alrededor se podían distinguir algunas casas con luces prendidas, bebí de la botella de agua que él no había terminado, él seguía recostado hacia mi derecha con la vista hacia la izquierda y los ojos ya cerrados, parecía que sólo dormía e iba a despertar en cualquier momento, me apenaba verlo así porque el escalofrío incesante estaba al asecho, sin embargo, todavía quedaba ese sentimiento que me unió a él cuando estuve a punto de convertirme en vacío, volví a la marcha por aquel sendero que ahora intento buscarlo en los mapas de papel y aquel dibujado en nuestros ojos, pero no lo encuentro al igual que el nombre que llevaba: Av. Gral. Ulrike Razumov. El cielo se hacía más claro y anaranjado, me extrañaba ver el crepúsculo al este, los arreboles dejaron la vestimenta azulesca e hicieron gala de su excelsitud, iba con dirección al norte aun anticipaba la pesadez de los ojos y la debilidad que nacía en alguna parte de mi cuerpo que nuevamente se deslizaba por mis brazos y piernas, empecé a detenerme más seguido y sin intención volvía a observar su rostro y el reloj que llevaba puesto, que marcaba las seis y cuarenta y cinco, el calor me sofocó más en un espacio de silencio absoluto, sí, ya ni existía el sonido de la fricción de las llantas y la pista, me quedé pensando: hacia dónde estaré yendo sin antes ver como primera opción un hospital o algo a fin, voy con pesadez y amargura (cosa que es extremadamente ilógico, incoherente o como quieran llamarlo, pero después de terminar este relato lo comprendí).
Me lagrimeaban los ojos con la luz suave penetrando por las partes vacías del carro plomo con su sector blanco.

Los brazos se me cayeron y de repente un chillido se aproximaba, extendí los brazos y la ignición de la desesperanza y el abandono me llevaron sigilosamente por un marco dorado, atravesé un campo negro, muy negro, desolado como el cuerpo lo sentía así, me alejaba de la razón.

Tres voces escuché y unos dedos me rozaron la zona de la ingle, el frío cruel los alejó, se fueron y creo que entre una de ellas estaba susurrando el nombre de quien llevaba a morir.

Una mano tibia me rozaba el rostro, pronunciaba mi nombre, la voz me era muy familiar, sentía frío y, entreabriendo los ojos, lo vi, estaba recostado dentro del carro blanco con sector plomo, él me dijo: estuviste dormido casi toda la tarde. Con su hermosa sonrisa, esa sonrisa que me gusta verla todas las tardes y cuando vamos a dormir, hasta ese instante no comprendía nada, estaba lloviznando y una neblina tenue decoraba grácilmente el exterior. Luego fuimos hacia el distrito que añoraba, fue al momento de cerrar la puerta del carro me percaté que donde estaba sentado él, habían manchas de sangre, reaccioné, el reloj lo tenía totalmente destrozado, él me observó preocupado y sarcástico, yo con una sonrisa confundida me acerqué a él y lo abracé como nunca antes lo había hecho, deleitándome con su aroma.

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