Por qué la calle estaba vacía. Comencé a preocuparme, no tenía respuestas ni a nadie a quién cuestionar.
La noche desapareció en su propia oscuridad, su total existencia me dejó anonadado.
Pasaron los días, meses y años.
Me hallaba perdido, mis pensamientos habían determinado abandonarme hace tres meses, tropecé y ni dolor sentía. No pude explicar el fenómeno ni describir el objeto.
Sé que era inmenso, celestial, cruel.
Y llegué a la vehemencia.
Caminaba, caminaba, caminaba, caminaba.
Allá, aquí, allá, aquí.
Lejos, más lejos, invisible.
Parco, parca.
Rojo, labial, pétreo.
Vacío, nada, imperfecto.
Todos
Pasados de piedra
Y futuros minimalistas
Frente al sudor imaginario
Presente mío
¡sálvame!
¡llévame!
La gravedad convirtió al propósito de hombre en un agujero negro.
Germinan las olas
Y la hierba magra enmudece
Calla
Calla
Espíritu lacónico
Esencia
Y las puertas del Averno quedan abiertas.
Caja
Manecilla
Historia
Por qué la calle estaba vacía. Nadie la habitaba, nadie existe aún.
Un resquicio, la ceniza del ser.
Se levantan las palabras y nace aquél.
Nace y mis ojos lloran, se desvanecen en los suyos.
El mar, puño lacrimal.
La tierra, puño carnal.
El cielo, puño etéreo de las almas… que rondan solas, muy solas esta misma calle.
Temas: relatos, surrealismo
Decidí bajar e ir a la plaza, abotoné una vieja casaca azul. Al bajar el botones del hospedaje se me cruzó y atiné dejarle un encargo por si llegase Luís, abrí la mampara mientras recordaba su trato nada afable cargada de su morbosa mirada, era un hombrecillo con el cabello corto y orejas puntiagudas prominentes.
La vereda tenía los contornos llenos de bloques blancos y aún caían los granizos como balas desde el cielo, giré la cabeza hacia la izquierda y sentí un leve dolor, aceleré el paso. Sólo eran dos cuadras más y podría llegar a vislumbrar la opacidad de la irracionalidad, de la exultación del líquido y la tierra y de los sueños fervientes antes de las seis de la tarde. Estaba parado como estaca en una de las esquinas de la plaza y me puse a observar, nadie permanecía sin movimiento, las pocas personas corrían de un lado a otro para refugiarse del tremendo dolor húmedo. Volví una cuadra a la derecha y busqué un teléfono público, marqué dos veces –ya que a la primera dudé si lo estaba haciendo bien– y contestó.
–Aló, ¿sí?
–Luís, te estuve esperando y como empezó a granizar pensé que tal vez te quedabas con tus tíos o te había pasado algo.
–No, nada, el carro con el que volvía se averió y estamos varados… creo que… –¿Aló?, Luís.
Marqué nuevamente y esta vez ni timbraba porque sólo chasquidos emitía el aparato. Una señora detrás de mí esperaba, la miré expresándole mi incomodidad, ella como satisfecha me devolvió la mirada.
–Cuando graniza así, no entran las llamadas.
–Ah… bueno, intentaré luego. Pase.
–Gracias, joven.
Preferí no estar sin hacer nada unos minutos luego me enrumbé al destino que mis intestinos deseaban, comencé a alejarme transitoriamente para posarme en el lecho tibio de la imaginación…
–¿Te levanto temprano?
–No, mañana sólo tengo el taller de fotografía y seguro estarán solicitadas las cámaras.
–Ummm… entonces hasta la hora que podamos.
–Sí.
–Qué tal bostezo.
–Con la boca bien abierta.
–Con tal que no despiertes luego y comiences a hablar, hablar y hablar.
–No sé por qué se me pegó esa costumbre.
–Y me la pegaste.
–A ver…
–Je, je, je.
–No soñaría si no tuviese imágenes antes.
–Prende la luz.
–Me da flojera.
–Mira…
–No –pausado–.
–¿Y ahora?
–Vamos a Tarma.
–¿Por qué?
–Allá te explico.
–Pero yo estaré este fin de semana en Ica para una conferencia.
–La semana pasada fue eso.
–Sale, aprovecharé para visitar a unos tíos.
–Si el tío eres tú.
–Y tú, el sobrino.
–Mejor primo.
–Ya, primo, continuemos.
Llevaba las zapatillas mojadas y parte del pantalón también, noté que estaba yendo lento y no me había fijado en los locales de comida para escoger, así que entré al primero a la vista.
Luego de comer unos alfajores con manjar blanco y beber una botella de agua mineral, salí. A ahora todo era sólo gotas de agua, los transeúntes aumentaron y la noche se impuso. Fue arreciando hasta cuando ya me encontraba en el pasadizo del hotel y miraba a una señorita esbelta que limpiaba los taburetes mientras el botones me lanzaba de lejos una mirada acosadora con rasgos de confusión.
–Su tío acaba de entrar y ya le di su encargo.
–Ah… sí, ¿se quedarán una noche más?
–Tal vez.
–Es que su estancia dura hasta mañana en la mañana.
–Voy a consultar.
–Está bien.
Luego de escuchar varias los ecos remitentes de su último dicho cargado de una incomodidad por no haber llegado a un tratado subí con lentitud.
Cerca de tocar la puerta en el segundo piso pensé salir, sin embargo, me interrumpí y proseguí. Toqué la puerta de la habitación 208.
Luís llevaba sólo la camisa verde empapada y un bóxer con manchas de barro.
–Hola.
(Un gesto vergonzoso salió continuado de un saludo gestual)
–Las llantas del coche te lanzó demasiado barro, estuvieron acelerando. Sí que no pasó por un buen tiempo movilidad alguna.
–Pero sí personas.
–Es notorio.
Él sonrió levemente acompañado de una mirada cansina encerrando unas ansias por decir algo más, los rubores conjugaban muy bien con su barba con restos de polvo.
–Cuando graniza en estas temporadas casi ni salen por una de sus tantas creencias, por eso vine en una ambulancia.
–¿Ya se te murió?–Voy a bañarme, porque no quiero que se me resfríe.
–Yo también estoy algo mojado y sucio.
–Luego el centrifugado.
La luna lucía temerosa entre dos nubes plateadas que recibían su luz tenue, lo largo del cielo se bañaba de un azul intenso que hacía el de las sombras una caída de los trémulos noctámbulos.
Luís ya se encontraba de pie llevando una chalina crema envuelta en el cuello, dando la espalda a la cama, yo entreabría los ojos varias veces aunque el sueño me poseía hasta que un susurro cálido se aproximó.
–Me afeitaré, luego saldré para arreglar unos asuntos.
–Ah…
–Nos encontramos a mediodía.
–Me llamas.
Fue una de las excelsas tibiezas húmedas que mi mejilla sintió, una eyaculación vespertina perdida en el infinito de mis músculos.
Escuché la puerta cerrarse y de pronto la luz de la mañana me remojó en ascuas la cien, entonces presentí que aquel día no iría tan lento. Eran tres días en total.
Un leve tintineo provenía de algún lugar, giré varias veces, no consolidaba ese algo queme llenaba de ansiedad.
Tocaron la puerta.
–¿Hoy se va?
–No, serán dos noches más. (Medio desorbitado)
–¿Se siente bien?
–Ah… sí, gracias.
–Veinticinco soles o cincuenta por los dos días.
Volví para buscar el baúl de madera mientras observaba su reflejo en el espejo lateral, llevaba los ojos muy abiertos y sin pestañeo fingiendo desdén hasta que se cruzó con el resto de la noche tirado en una esquina.
–Tome, ¿no quiere pasar?
–Cómo… si yo no soy ese tipo de personas.
–Para que lo pueda limpiar.
–Llamaré a otro personal…
Su figura desapareció más rápido que una intempestiva lluvia de aquella ciudad que resonaba en mi mente cuando sus pasos dejé de escuchar.
Cargué un lapicero de tinta negra medio desgastado, busqué hojas sin escritos y los metí dentro de Así habló Zarathustra y boté el separador que indicaba la página 45. La chalina azul de Luís estaba cerca y no dudé en colgármelo al cuello. Salí con el cuerpo medio tembloroso.
Las llantas de los carros salpicaban las huellas de un llanto, ¿de dónde provino? Levanté la cabeza y dos aves zuranas viraban con una simetría sorprendente. Quise escribir y alejar ese espectro que me llevaba a una lid multidireccional. Bifurqué –como suele ser costumbre– la poca experiencia y la temible razón, fue otra premonición porque el pie derecho se me comenzó a mecer y un sismo interno junto de una gran comezón alteraban mi temperatura corporal, recordé Echoes de Pink Floyd, Luís sollozaba y yo permanecía parado frente a él, hasta que la canción concluyó (cayendo mis pensamientos en las pausas entre chasquido y chasquido) y le dejé un par de llaves llenas de mutismo, permitiendo a la aprensión sea el devorador de mis palabras…
Un brazo se erigió entre todo, un taxi pasó vacío como una burbuja en soslayo, su rostro apenado sobresalió, tenía el cabello crecido y la barba puntiaguda, se acomodó el cuello de la casaca negra que llevaba húmeda. Miró hacia el templo. Sus cejas cubrían un par de luceros que desde el fondo me llenaban de temor. Era reconocible: las ondas de su cabello caían como cuerdas flojas a su rostro. Era increíble verlo así y esa postura propia: emanando garbo.
El papel comenzó a ser la hembra de la tinta negra, su semilla volátil, la feromona del día y la germinación enredada entre labios.
–Necesito que me liberes de este nudo.–Yo, simplemente verlo.
Sus pestañas tomaron todo el color negro posible porque su piel bajo la luz roja iluminaba como el alba, fundido al ritmo de ciertos movimientos ondulantes sobre unas sábanas púrpuras; los aguijones empalidecidos rozaban los músculos más fuertes, el submarino en una misión importante alumbraba con un haz de luz iterante aquellos dos ojos, los recipientes de agua y sal. Los suspiros intentando ser furtivos bajo la flexibilidad de dos olas arrulladoras.
–Filamentos, sólo filamentos.
–Mi pábulo.–Venia.–Para todos los que vinieron después.–Y todos los que se desvanecieron antes.
De algún lugar y de algún momento del universo surgió un reloj.
–Tic-tac.
–Acabará.
–Tic-toc.
–No en el papel.
–Tic…
–Y… ¿la tinta?
La efusividad dejaba de transformarse en sudor y dos manos acuosas se separaron.
¿Eran las mías? ¿Eran las tuyas? ¿Eran las de él?
Cubrieron el sofoco.
Los planos de luz añil se colocaron alrededor de la ciudad mientras la gente se hacía dúctil entre las calles como si estuviesen tejiendo algo.
Di el último aliento de intento, quería imaginarlo. Pero el lapicero cayó, rodó hacia la pista y un carro lo aplastó.
Sonó el aparato ése, lo saqué de mi bolsillo izquierdo y un arco formó hasta la pista. Creí abrir la puerta sin llaves. Él me dejó algo, no quise responder, me concentré en sus clavículas e instintivamente se acercó.
–Bebe de las aguas mansas.
–Hombre de los resoplos.
–Fue un par de años.
–Más o menos.
–No lo pensaba.
–Tal vez yo sí.
Y la presión me subió.
El botones no se encontraba y llamé a la esbelta señorita que me observaba a poca distancia.
–No tengo las llaves.
–¿Cuál es su número?
–Ése.
Abrí la puerta y me tiré la cama desordenada que se me presentaba como un paraíso, me toqué la nariz que aún tenía rastros de sangre. Caí con pesadez a la somnolencia, abrí un ojo y su reloj plateado se empañaba con la mitad de mi rostro. Lo cubrí con una mano y olfateé. Dormí.
–Te llamé cuando llegué y estaba apagado.
–Se me cayó.
–Ummm.
–Igual puedo recuperar el mismo número.
–¿Tienes hambre?
–De qué.
–De lo que menos te gusta.
–Haberme alejado de mi familia.
–Mira.
–Eso sí… me mantendrá activo.
La mayoría de veces que me quedaba prendido a cada parte de su cara, una sonrisa simple siempre lucía, me reconfortaba y más después que se sentía avergonzado, aunque dentro de ese tiempo sus cejas umbrosas no me permitían distinguir el lenguaje de sus córneas.
Si me encontraba allí, era porque él esperaba la respuesta, me contuve, sin embargo, de sus formas emanaron cicatrices y no tuve más remedio que aislar mi deseo y entregarme a la suavidad otorgada –en ese entonces– por la tarde.
–Me encontré…
–Yo también…
Sonreímos.
Reímos un poco y la habitación fue apoderada por un imperio, el de la oscuridad constante, la que estuvo el día que pude encontrar mi propio espejo cargado de luz y que hasta ese momento sólo había estado escapando.
Temas: relatos
Los movimientos de siempre al estar caminando lentamente por encima de las maderas de una sala muy amplia, dentro del cubo hecha cocina con aires blanquecinos, en una rectángula ducha rodeada por mayólicas perlas; la mirada de rencor e inapetencia, el amargo sabor de un día más.
¿Por qué la puerta se puso terca? Era claro que aquella no era una pregunta con esencia concreta, sin embargo fue la que se estuvo haciéndose más poderosa mientras iba por la ruta de siempre hasta llegar al trabajo; todo a causa que al salir de casa estuvo tres minutos intentando abrirla sin éxito, provocándole un humor intolerante para después reaccionar muy tosco y áspero frente a sus compañeros. No era justificable su descontrol, estaba retrocediendo.
Fue un día sumamente normal, exageradamente normal, el jefe fue indiferente mientras éste entregaba las planillas del mes para ser revisadas con un cuidado -fuera de su propia normalidad- por Alberth (acongojado debido a la muerte de su madre), el compañero más cercano a él, con sus moralizadoras palabras a cerca de nuevos proyectos que extremadamente eran inapropiados para el Zakharías de ahora. Es realmente agobiante ver demasiados papeles, leer y sentir cómo un ser sólo sirve para eso, dejar que mi alma hable en su lejana soledad mientras él era utilizado como robot de fábrica insertado con la tecnología más bizarra a la política burocrática que reinaba por las mañanas... era sin dudar esto. Estaba desesperado, se estaba ahogando más en sus pensamientos y venideras reflexiones desatinadas, en los dichos que lo distraían e imperfectamente hacían gala los resultados del mes como el empleado número 45256805, con nombre, apellido, edad, estado civil: sólo era eso. Se estaba acabando, estaban terminando los días en los que al menos podía jugarle una buena broma a Alberth o simplemente escapar hacia la morada cálida que le proporcionaba la suavidad de recordar momentos y extrañas circunstancias que lo pudo mantener en pie hasta ahora. Claro era, las manecillas del reloj iban muy rápido y ése, su único consuelo, pero luego retornar al espacio que vio dibujar sus huellas hacia un futuro desconocido… se estuvo percatando las variaciones imperfectas que algún día vienen como reflexiones existencialistas. Lo turbaba y eso –interiormente– sabía que no lo iba a llevar a nada bueno. Estaba deprimiéndose más, sin razones ni motivos para poder explicar a alguien las consecuencias de una decisión que nunca tuvo que tomar, seducido por el compadecer y la ternura (lo que muchas veces nos engañan sutilmente haciéndonos ver gorriones y no gallinazos).
Martes, veinticinco de octubre; se dirigió a la puerta de su oficina para retirarse mientras acaecía la oscuridad de la noche en pleno develar de vestidos azules turquesa, éste se percató de un silencio muy aterrador que poco a poco lo llenaba de soledad. Al salir no quiso retornar a casa, se sentía inseguro (paradójicamente, ya que estaba muy decidido a no regresar y arriesgar sus momentos de desasosiego). Ocho y cuarenta y cinco de la noche ¿en dónde se encontraba? Andaba taciturno, apagado, liado con las contradicciones farragosas que le venían en mayor cantidad cada momento. – ¿En dónde se encontraba? –singularmente con las manos escudriñando los restos de basura en los bolsillos– así que después de caminar sin orientación ni destino fijo, paró.
Había desembocado a un parque circular, donde las calles efluentes son pasajes sin salida. No se sentía sorprendido porque hace cinco años que no había vuelto allí debido a las circunstancias por las que tubo que sobrepasar, vio una banca a treinta y cinco pasos… sospechó de sí mismo, ya estaba en camino hasta que de un árbol –a su izquierda– salieron despavoridas unas palomas que se hicieron transparentes con el cielo opaco y de aspecto tenebroso; se detuvo. Ya se encontraba a gusto, sentado y aprovechando de la ocasión.
–Esther se encontrará muy preocupada. Se lo merece ¡ey! ¿Por qué piensas eso? –se percató, sus contradicciones personales brotaban muy rápidamente sin advertirse, formando una orquesta de caos dentro. Miró hacia arriba desorbitado, susurros a sus costados viraban por entre sus cabellos acompañados de dolores constantes a la altura del occipital, dolores intensificándose en sí como trombones. Al día siguiente se encontraba en una de las tantas camillas de un hospital.
Abrió los ojos lentamente, cortinas blancas cubriendo las ventanas rectangulares fue lo primero que observó y detrás una luz intermitente, dándole mayor tamaño a un árbol que tal vez se encontrase fuera de hasta donde podría llegar.
Esther entró, lo miró, dejó una maleta sobre una pequeña repisa de madera casi podrida y pintada de blanco, se alejó sin prestar atención a que éste ya había despertado. Otro instante de vacío.
Una enfermera de fisonomía robusta pasó por la puerta que conducía hasta el cuarto de tres camillas, las dos de la derecha vacías –sólo tuvo un ataque de ansiedad y como sus defensas no se encuentran estables, sufrió un tipo de convulsión… no me han explicado por qué llegó… a un estado parecido al coma –calló y los ojos se le fueron para el piso después de aquel susurro. Zakharías no pudo pronunciar algo al respecto ni mucho menos intentar hacer algún tipo de teoría, adormecido por sí mismo /se encontraba/ recostado en una cama de sábanas verde claras (algunas parchadas). Dio un par de vueltas, revisó algunos papeles y volvió del extremo derecho de la habitación.
–Tome estas pastillas para evitar nuevos desmayos, señor –la enfermera con la cara sudorosa le puso encima una caja de pastillas.
Nuevamente volteó y se dispersó entre la muchedumbre de la habitación contigua.
Zakharías pudo sentarse sin dificultad, no sabía qué hacer o adónde dirigirse. Llenó lo poco que le habían traído en la maleta, se adelantó al salir antes que la enfermera pudiese despedirse…
La confusión no era su método ahora, las cosas de alrededor lo necesitaban.
El día jueves regresando del trabajo decidió cambiar de ruta porque le pareció conveniente (misteriosamente era aquella voz), así que nadie le podía reprochar por lo de ahora, bajó del ciclópeo edificio plomo y pudo divisar cómo la niebla se apoderaba de las calles, y un cigarro podía animarlo a mantener la calma después de unas horas en las que tuvo que sentir cómo la sangre se le volvía gasolina y sistemáticamente sus neuronas transmutaban a chips nuevamente.
Desde hace dos años tuvo que ser guarecido bajo el techo de una prestigiosa empresa ya que el cargo conferido era substancial para sus necesidades, todo aceptó debido a que después de su regreso ya no encontraba un medio para satisfacer a las diferentes animas karmáticas que le pedían a gritos comodidad.
Ya era indomable el susurro que lo transportaba a las calles de Sincos y al los contornos de Sofía. Amaba, después de todo; cómo lucía la lóbrega atmósfera que lo rodeaba, lo encausaban con mayor razón a dar vueltas en manzanas por calles nuevas ya que antes no se atrevió caminar de tal forma, simplemente no le importaba si alguien lo seguía o divisaba de algún balcón, psicosis que fue dejando desde la muerte de Enrique Tol (y era claro que no deseaba encontrarle una relación de causa-efecto). No quiso medir cuánto demoraba en combatir contra las vueltas y las casas abandonadas que iban en aumento ¿extraño no? Sí, lo mismo fue mi parecer cuando escuché de sus labios tal frase.
Al dar la vuelta por tercera vez, desembocando hacia la calle Los zuranos, sintió un mareo leve, pero trató no darle mayor importancia y seguir caminando, se estaba acumulando de ansiedad, sus pasos pasaron a ser cortos y rápidos –…buscando amar. –se hizo la melodía de algún lado, lo que hizo cierta perturbación más reacia sobre su columna vertebral.
–… suena el mar y vienes a llamar –nuevamente la melodía se hizo, éste parado desde la esquina tuvo la intuición que tal sonido arrullador venía desde el medio de la cuadra.
Llegó, miró hacia la izquierda, observó una pequeña puerta semiabierta entre paredes de adobe pintadas de celeste claro. Su aprensión aumentaba y éste seguía quieto intentando recordar todas las veces que pudiese: correr en el espacio arenoso del tiempo, transitando sigiloso como zorro en cacería.
Invariablemente se asomó al umbral de la puerta de madera divisó un pasadizo muy antiguo, con el típico olor a madera humedecida, la voz que lo motivó se alejaba, sin embargo la mesura acometía abiertamente acompañada de las aventuras terroríficas del pasado. Una mujer de masa corporal muy exagerada se asomó por la derecha del fondo.
– ¿Joven, busca algo? –Con las mirada desconfiada e irrespetuosa en tono alto.
–No, disculpe...
Vaciló por dentro ¿por qué había pedido disculpas? Al instante se detuvo a pesar del aviso previo a su percepción futura, entonces ésta se apuró y avanzó a través del callejón, cerrando la puerta de madera podrida. Zakharías quedo afuera con cierto aspecto plomizo debajo de los pocos cabellos que le cubrían la frente.
La decisión fue tomada por su moral de niño educado y circunspecto, aquel que siempre ocultaba los ojos cuando se enfrentaba a las reuniones familiares.
Continuó acompañado de una ingente nube de preguntas y reflexiones, a la edad en la que tomaba muchas decisiones en casa y el trabajo… era absurdo en sí sólo para sus normas de normalidad, no pudo entrar para poder satisfacer su curiosidad y ver quién era la persona que emitía dicha melodía; en la imaginación escuchó un llamado y su nombre bien vocalizado, un golpe en el viento sintió llegarle a la frente – ¿soy el único Zakharías? –eso era muy cierto y luego hasta absurdo creer que lo llamaban, sólo era perder el tiempo tan sólo cuando la soledad agotaba su psicosis para convertirla en chocolate del descontrol.
Ante esto pudo recordar la voz de Sahara, aquellos días cuando tuvo que escapar de Sincos, abandonando con sumo dolor el calor de ella. “No pude regresar porque siempre suelo ser cobarde y los límites de las normas vetan mi imprudente insurrección estúpida”.
Estaba parado frente a su casa, las manos en los bolsillos le sudaban nuevamente porque las llaves las veía insubstancialmente en el velador negro del dormitorio, tocó como si estuviera en un teatro, nadie abrió, su pesar lo llevó a reír con la mano en la frente.
Se abrió.
–Para variar, el señor se olvidó las llaves.
Esther salió con la mirada regañadora y Zakharías contando cuántas piedritas habían llegado hasta el umbral de la puerta.
–Ya no volverá a pasar –con una timidez muy cierta tanto la saliva iba y venía.
Esther se dio la vuelta con rigidez, mostrando su figura muy contorneada cubierta por aquel rojizo cabello rizado sujeto a las corrientes del viento, a lo que éste pudo darle las buenas tardes, ella indiferente se dirigió por las escaleras plata hacia arriba sin pronunciar más palabras, quedándose solo nuevamente al medio de la sala Zakharías sintió remordimiento, frustración, opresión, ira.
Cinco años para llegar a esto, era la frase que le circundaba por la cabeza; prendió el equipo de sonido para levantar los ánimos lóbregos que acotaban el espacio de las habitaciones.
Durante la hora del lonche, Zakharías estaba sentado frente a Sahara en una mesa de vidrio de forma circular, al primer sorbido de éste Sahara lo miró fijamente.
–Así, pienso que mi próxima labor será trabajar en un manicomio –seria, con la mirada fija en los hombros de Zakharías.
–Pero… es cierto y quizás la curiosidad me invadió demasiado, vamos Esther, tú sabes que no suelo venir por esa calle.
Sabía que no podía mencionar con quién relacionó la voz porque la última noche en Sincos mientras los perros aullaban sobre los techos de don Máximo, Zakharías prometió no contar a nadie el maleficio que nunca quiso aceptar dado, atravesando esos días, en donde sus parámetros eran: despertar, ir a trabajar, llegar, ver las noticias en una caja multicolor, comer, leer, dormir y los acontecimientos similares (como ritual diario). Lo irracional no podía caber en sus pensamientos ya que las manos le palpaban al regocijo hecho mujer, piel suave y aroma dulce durante las noches de luna en cuarto menguante.
Sus sueños se llenaban de sangre, de dolor, gemidos; durante varios días amanecía pensando que todo había sido cierto.
Se repitió la escena del lonche, ambos mirándose fijamente.
Volvió a entregarse al pensar, en todos esos momentos mientras pendía el collar con forma de sol y una piedra azul al centro que escapó de una de las aberturas de la camisa verde puesta.
Esther abrió los ojos con exasperación. –Señor del país del Nunca Jamás ¿puede regresar y decirme cuándo firmará el divorcio?
–Mañana... tal vez... –con la mirada perdida entre la pared y las sombras que se desvanecían mientras la luz artificial tomaba posesión de los cubos.
Enfurecida, calló y guiando pisotones se retiró.
Tenía los zapatos con demasiado polvo, no le quedó más que salir presuroso, regresar a esa calle, en plena noche, cuando los días cobraban más densidad sobre su espalda y sentía que la costumbre se había hecho embustera con ayuda del tiempo y las palabras. “Todo este tiempo ¿de dónde pude sacar valor para aguantarla? Desde el irrevocablemente reloj no paré en repetir el nombre de Sahara, ese pequeño mundo se me hacía en averno, realmente la cruz es pesada, pero la mía es pesada y espinosa como la lengua de la víbora que reluce cuando ve mi silencio.”
Corría, habían pasado tres semanas después la melodía arrulladora, aunque para Zakharías le fue confuso distanciar la primera vez con las demás junto a los recuerdos dentro de la casa. Se le iban y perdían cosas que le habían sido necesarias… corría, sudaba sin importarle secarse o ver cómo se le iban humedeciendo las prendas. Corría y le faltaba poco, estaba emocionado, el corazón le sacudía hasta los rincones de sus rodillas, corría ya sin medir la prisa porque sintió volver a ver sobre una ligereza casi absoluta.
Una luz se hizo azul entre los tantos postes dando lumbre a las calles, en seguida e inexplicablemente las demás iban haciéndose entre celestes y blancas lo que impidieron a él ver la trayectoria final por la que pensaba ser la correcta, tambaleando por el cambio de luces, se extrañó más cuando quedó todo en oscuridad e imaginó repentinamente en algo fantástico, fue en ese instante por los que no existía medida de velocidad ni tiempo y se deshizo al oír muy de cerca a un hombre enjuto con un sobretodo marrón mascullando: cuando no, los apagones, pero ya volverá, ya volverá, y cuando vuelva la luz a esta calle, yo volveré a abrir una gran tienda de fluorescentes; sonó como una maldición conjurada para él. Un mareo sorpresivo lo tumbó otra vez, reposándolo contra la pared de adobe para desparramarse lentamente a la vera de los contornos de la angosta vereda.
Abrió los ojos lentamente, virando alrededor ahora hechas en luces amarillas los faroles destellaban, las personas que iban pasando lo veían con desprecio como a un borracho escapando de cualquier cantina barata; pudo arrodillarse, se paró lentamente sacudiendo el pantalón y la camisa emblanquecida por la pintura blanca.
Estaba otra vez de pie, amordazado a un silencio tenaz que aun alguien le pueda reprochar de lo que estaba haciendo, las incoherencias desbordantes, era inútil... simplemente iba a entrar a aquel pasadizo, romper todo lo que muchas veces sujetó sus deseos más atrevidos.
Corrió –o eso pensó- cuando la velocidad hizo su verdadero trabajo, puso sus piernas ligeras como guepardo abalanzándose hacia su presa (destino).
“¡Detente!”, sonó muy fuerte al extremo que Zakharías empalideció como si una roca hubiese caído, una voz rodeada de ecos, imperativa y sumamente gruesa. Un hombre fornido, alto llevando un traje extravagante: dos cinturones negros alrededor de su cintura, un pantalón de tocuyo y un saco negro con apuntes brillantes; pudo mirarlo firmemente y colocó (rápidamente) sus grandes manos sobre sus hombros, estaba ignorando a la confusión, quería que su mente cesé de preguntarse los porqué, el cómo: simplemente deseaba satisfacer sus curiosidad, cuando ya estaba adentro, dentro de acontecimientos sumamente extraños, a los que nunca pensó pertenecer, su rutinaria vida a cierto tiempo cortó las raíces de su imaginación, tuvo que tomar en cuenta otras prioridades y la dejó ir, imperceptiblemente, lo que ahora gozaba. Una diversión, un juego de niños inmersos en espacios totalmente lógicos (a lo que es muy imperfecto especificar), el dolor se incrementaba sobre él, entonces recordó el dicho que su abuelo repetía muchas veces: “No luches en contra de la tierra, sé parte de ella; no luches en contra de la lluvia, sé como ella.” Desvanecido en su fortaleza, sonrió, luego pudo ver que aquel hombre muy alto disminuía, se hacía pequeño con simplemente verlo a los ojos, compungido éste que no le quedó más, retroceder y avanzar para formar parte del umbral de madera del extenso pasadizo.
– ¡Ropertules! –Zakharías reaccionó y como hurón escapó de entre sus manos.
–Aún me recuerdas… eso me parece más sencillo, ya que ahora veo en tu mirada al que conocí y pude sacarle sus miedos, pero veo que fue en vano para tenerte ahora así.
La mente de Zakharías iba y venía, estaba fuera de sí, preguntándose de sus desconciertos y la otra había retornado con furia, sus venas palpitaban, encorvado y sudoroso se estaba poniendo pálido a medida desaparecían las reflexiones.
– ¡Tranquilízate! –la voz retumbó el callejón, el hombre gigante se abalanzó sobre Zakharías y emprendió un golpe a su mejilla izquierda que lo dejó tirado nuevamente.
Era sangre lo que dejaba, un reguero cálido sobre sus labios, goteaba a tocar levemente la tierra…
–Creo que tu impotencia creó algo más sorprendente de lo que creí –una voz calmada se aproximaba del fondo.
Se cerró una puerta, pasos escuchó transitar por sus costados –Sahara… Sahara, dame tu mano y deja a tu padre aquí.
Zakharías se estaba alistando para salir cuando los eucaliptos secos sonaron de la ventana derecha, volteó a mirar sigilosamente, un cuervo estaba reposado y de pronto se encontraba en llamas, toda su pequeña habitación estaba siendo apoderada por el humo… Sahara ¡estás aquí!
Despertó al medio de un patio hexagonal rodeado por dos niveles de habitaciones tétricas, oscuras y sin puertas; levantó la mirada para poder girar lo más rápido que podía sintiendo a cada momento algo tocarle la espalda. Miró el primer nivel y vio más pasadizos, de uno de ellos salía un anciano acompañado de otra figura más alta y ancha.
–Santiago, el pobre Santiago que intentó no cumplir con las reglas que el oráculo le encomendó… qué estúpido eres al haberte ido.
Quiso recordar, buscar entre todos sus recuerdos su aquel rostro le podía ser familiar o por qué le causaba esa sensación de terror al verlo.
Era un patio desolado por la oscuridad en tonalidades verdes y azules, las grises nubes cargadas cubrían a un cielo luminoso.
– ¿No vas a pronunciar nada? O acaso ya te has dado cuenta para qué estamos aquí.
–Quiero ver a Sahara…
–Ya es imposible para nosotros, tú la mataste –respondió el anciano con una pequeña mueca de sarcasmo.
–Los mismos inventos siempre los hiciste para hacer un laberinto a todo esto, anciano necio. –Zakharías ya estaba hecho en sí y más cuando escuchó la respuesta, sus oídos se cerraron.
Las nubes se envolvían unas en otras, crepitando desde arriba hasta desde los demás doce salidas que rodaban al patio hexagonal.
– ¡Oh! ya veo… así que Ropertules hizo un buen trabajo, pues lo mismo le dije hace seis años y mira lo que tenemos delante de nosotros –girando su rostro hacia su acompañante.
– ¿Por qué dices que yo la maté? –cortó la sonrisa del anciano, cuando gritó éste.
–Es probable que todo lo que deparaba no se cumplió como debía, pero se tenía que hacer de nuestra parte, ahora tú, tú tienes que seguir en la cadena.
El anciano desenvolvió la cadena que llevaba como cinturón y la tiró al piso.
–Tu nombre está ahí.
Una pequeña llovizna se iniciaba, parecían gotas de agua de los menos densos que existiesen, todo había quedado en silencio, todo había quedado resuelto en la mente de Zakharías. Arreciaba el agua mientras se miraban con presteza –sólo quiero saber adónde se fue –dijo y calló para ceder una respuesta inmediata.
–Tú la tienes, está contigo, siempre estuvo contigo ¡te la llevaste!
–Viejo farsante, no me vengas con estupideces –mientras se abalanzaba contra el anciano.
Se encontraba anegado por dentro e impotente; su camisa mojada, sucia y maltrecha.
– ¡Deinceps! –el anciano pronunció, seguido del hombre de su izquierda.
–Uspiam –con la voz gruesa que este manejaba.
–Usted, señor Santiago será el manjar para nuestros perros…
Ahogó unos gemidos a lo largo de aquel espacio que se hacía desolado cada vez más e inmenso bajo el aguacero, ecos retornaron desde todos callejones desembocando al patio hexagonal.
Los vientos soplaban en armonía y acelero constante.
El pedazo de trapo plomizo que llevaba el anciano iba ondulante, sus ojos se abrieron desesperantes porque en aquel sitio se mezclaba la ahora lluvia, vientos en muchas direcciones y los ecos que hacían un caos.
–Ropertules, trae a Diz y Kuz y encárgales asesinar al hijo de Enrique Tol –agitado casi al extremo de los balcones que formaban el segundo nivel el gigante le respondió.
Al medio, Zakharías perdía sus sentidos, se retorcía durante los empujones que iban desde su estómago hasta sus piernas, hecho en barro sus mejillas se cortaban por el ventarrón arrasador.
El robusto hombre se adentró en el callejón más cercano, su figura desapareció en la oscuridad de sus pasos; no pasaron tantos segundos cuando el anciano pudo verlo de retorno con dos hombres encapuchado y vestidos de negro, parecían espectros ocultos en su propia sombra. Anciano y cansino, era su naturalidad, desbordó al encomendarles algo a estos dos y enseguida se esfumaron como empujados por los vientos.
–Se está yendo el dolor o simplemente estoy dejando mi existencia, –Zakharías denunciaba a su mente –pues ahora entiendo por qué me engañé estos cinco años…
Estaba más frágil y ágil, estaba demasiado suave como para sentirme superior, no lo necesitaba, sólo estaba en paz.
El patio hexagonal había adoptado la oscuridad negra, hacia la derecha, las tres paredes lucían azules por las nubes que anteponían el brillo opaco de la luna en cuarto menguante; a la derecha, las otras tres paredes no existían, habían sido devoradas por el vacío y al verlas así, simplemente parecía un espacio negro, sin límites ni formas.
La lluvia cesó, quedó en barro todo el patio, el azul se tornaba en verde claro.
Tuvo que avanzar porque dejaba hacer lo que su corazón hacía concientemente, avanzó y la voz comenzó a sonar como un aullido que se aproxima de un lugar lejano.
–No sabía más desde que te vi y pude saber que eras tú –pronunció Zakharías, sin percatarse de lo que realmente decía, creía que había abandonado completamente el puente que une el cuerpo de la mente.
“Tan sólo suena el mar y vienes a llamar como paloma buscando amar”
Era la bella melodía que se producía mientras más el sonido se intensificaba cálido, provocando esperanza, ternura y devoción.
–Sahara... – Zakharías retumbó por dentro, los huesos se le quebraron y todo se fue al vacío inexplicable de las tres paredes.
Temas: existencialismo, ficción, relatos, surrealismo

